Finca Cafetalera La Bella: entrelazada en 5 generaciones de las montañas de Frailes

Para 1874 la construcción del ferrocarril al Atlántico costarricense estaba por terminar y las posibilidades enviar el único producto que teníamos exportable como país: el café, se abrían hacia más destinos europeos.

La conversión en una nación cafetalera estaba en pleno apogeo; los gobiernos alentaban a los ticos a sembrar café, proveían de facilidades y recursos. Y para 1874 nació el bisabuelo de don Arturo Marín Chinchilla, «imagínese que para cuando él nació, su papá ya estaba sembrando café», me asegura.

En Frailes de Desamparados y entre todos esos cafetos de porte alto; la historia de don Arturo, su papá: don Pompilio y su mamá, doña María Isabel, parece cobrar vida como el verde intenso de sus plantas de Typica.

Typica fue la variedad de café más cultivada en Costa Rica desde que comenzó su historia en café. Era de tamaño alto y sus granos de muy buena calidad, apreciada por los compradores de otras latitudes. Pero al ser grande, se tenían que sembrar menos plantas por hectárea, así que resultaba menos productiva.

La finca de los cafetales de antaño

Muchos años después de que el papá de don Pompilio tomara las riendas de su finca, Costa Rica fue cambiando los Typica por variedades más pequeñas y productivas como el Caturra y el Catuaí.

Pero en sus cafetales viven todavía plantas de Typica o de «arábigo», como le dicen los caficultores más tradicionales. Aunque todas las variedades cultivadas en Costa Rica son de la especie Arábica, la denominación de arábigo servía distinguirlo de la especie Canephora (y de los Robustas); de los que nos fuimos alejando, en busca de la calidad de taza.

Don Pompilio Marín Piedra conoce estos cafetales como su vida. Él y su esposa María Isabel Chinchilla criaron sus 3 hijos: Arturo, Heriberto y Esteban gracias al café y al negocio maderero.

Pompilio Marín Piedra.

Respetando la tierra y sus trabajadores

A María Isabel, sus vecinos le decían «Bella», sospecho que era por lo que emanaba su personalidad día a día. Bella fue parte activa del manejo de la finca. Ella y su familia tomaron decisiones importantes que los distinguieron de otras plantaciones: decidieron que su finca fuera de manejo orgánico y también se esforzaron por darle el trato más justo a los que hacían posible cada cosecha: los indígenas Cabécares.

Cuando tuve el gusto de conocer la finca, me recibieron con una gran sonrisa y una actitud abierta, libre de elementos artificiales. «Tenemos 10 manzanas y estamos a unos 1600 m de altitud», detalló Arturo. «Acá están sembrados los mismos Typica de mis abuelos y además tenemos Caturra y Catuaí».

«Los suelos de esta finca están cargados de nutrientes orgánicos. Lastimosamente, hace unos años, tuvimos que pasarnos a un manejo más convencional debido a la roya», me explica Pablo Marín, hijo de don Arturo; la siguiente generación en caficultura.

Historia que resiste las tormentas

Esta familia me sorprendió por su calidez en sus palabras pero también en sus acciones. Por lo unidos que permanecen a pesar de los vientos que los han azotado. No solo las enfermedades en el café, sino las dificultades en aumento para mantener la finca a flote.

Doña Bella lo sabía al dedillo. Era la mano derecha de don Pompilio; llevando todos los aspectos administrativos. Un día – y no hace mucho- la vida de doña Bella llegó a su fin en esta tierra; sin darle tiempo a su familia de asumirlo. Esa herida también está en proceso de recuperación.

En honor a su esfuerzo y a que en cada callejón de los cafetales está la mano de esta mujer esforzada; ellos cambiaron el nombre de la empresa y le rebautizaron como Finca Cafetalera La Bella.

«Estar aquí es como entrar en las páginas de la historia», expresa Gabriela Morales, de Cafeto y compradora del café de la familia Marín. Y tiene razón. Hay historia no solo por las plantas de Typica que siguen dando cosecha y siguen altas de porte. Sino también por las generaciones que se entrelazan y caminan juntas en estos cafetales.

A mis preguntas, don Pompilio -que a pesar de ser un adulto mayor sigue ocupándose de la finca junto con su familia- se muestra preocupado. «No sé a dónde va a llegar todo esto», dice meditabundo.

Pablo Marín, siguiente generación de caficultores.

La caficultura como la conoció está transformándose: ya no es suficiente con solo entregar la fruta; los caficultores están buscando otras vías para enfrentar los malos precios y los costos. Ya el Estado no sugiere la caficultura como una actividad económica recomendada, las nuevas generaciones se van desvinculando de estas tierras que dieron el sustento al desarrollo del país.

Café en el futuro

Pero Finca Cafetalera La Bella sigue adelante. Don Arturo, sus hermanos y sus hijos están dando pasos para comenzar a procesar ellos su café. «Queremos desarrollarnos más en café de especialidad, trabajar microlotes y posicionarnos», deja entrever Pablo como parte de sus ideas.

Arturo Marín Chinchilla, siguiente generación de caficultores.

De hecho, un lote de su café fue la base que llevó Javier Calderón (Musa Lab y colaboración con Cafeto) al Campeonato Nacional de Vandola: un lote de Typica, con aroma a lima y caramelo; acidez cítrica y cuerpo medio.

Los Marín quisieron agradecernos la visita permitiéndonos sembrar un pedacito de su amada tierra con 3 cafetos de Caturra x Geisha, ¡un privilegio! Así se siguen entrelazando historias; incluso y humildemente, la de quien les desea retratar rostros de café en cada artículo.

Esteban, Pablo, Arturo y Pompilio Marín.

Parte de los cafetales los recorrimos con Pablo. Es profesor de inglés, pero en sus venas corre la pasión por el café de su familia. Ahora está estudiando para ser catador en la escuela de Sergio Astúa en San Marcos de Tarrazú.

«Esta parte del cafetal se llama El Limón», menciona Pablo.

«¿Por qué?», le pregunto.

«Porque los abuelos probaban el café de aquí y le sentían un ácido como el limón. Y en realidad, a la hora de catarlo, hallamos una acidez cítrica, como de lima», me responde.

Gracias a Finca Cafetalera La Bella, al restaurante Antojos de mi Abuelo y a Cafeto por hacer posible la publicación de esta historia.

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