Aquí me tomé un catuaí rojo frente a una catarata

  • Región: Tarrazú (zona de Los Santos).
  • Productores: Familia Solís Calvo. FASOCA.
  • Altitud: de 1350 a 1650 msnm.

Por el momento, ninguna bandola y tallo me ha traicionado. Dentro de los cafetales en Costa Rica, frecuentemente los callejones que se dibujan en medio de los cafetos se extienden sobre laderas de diferentes inclinaciones. La resistencia de algunas bandolas y de los tallos que generosamente me prestan su soporte me han salvado de no caerme y arrastrarme con las hojas y la humedad cuesta abajo.

En los cafetales de la familia Solís Calvo se respira el aroma a bosque y también hay ramas bondadosas que me apoyan para seguir el paso de los productores. Pero en el fondo se escucha un murmullo más fuerte que un riachuelo. Cuando llegamos a un pequeño claro con un mirador pequeño el ruido se explica: una catarata cae sobre el río Pirrís; el río que bordea casi toda la zona cafetalera de Los Santos; desde Santa María de Dota, San Marcos de Tarrazú y hasta León Cortés.

Rigoberto Solís es nuestro guía en los cafetales de su familia. Ya recorrimos los que cultivan en Tarrazú, conversando sobre los retos de la roya, el ojo de gallo y los nemátodos (gusanos) versus los cambios del clima que muchas veces propician la multiplicación de estas plagas debilitando o incluso terminando con los cafetales. Un reto que muchos productores no han podido superar.

Ahora nos encontramos en Dota. Los cafetales aquí crecen en un bosque y tienen como fondo la catarata que ruge amenazante y fascinante al mismo tiempo. La mayoría de estos cafetos son de la variedad Caturra y Catuaí. Pero la familia también cultiva Obatá, y Geishas en los lotes de mayor altitud.

En Costa Rica, la caficultura es un asunto de familia. Esto porque los pequeños productores son mayoría (el 92% de los productores tiene un área de café sembrada menor de 5 hectáreas, según datos del ICAFE) y porque el café llegó a nosotros incluso antes de que fuéramos una nación independiente.

Los Solís Calvo son parte de esa vida caficultora, que se aferra a sus raíces y amor por la tierra; a pesar de que el cultivo de café viene en claro declive desde hace años y más agudo recientemente debido a los bajos precios por quintal, a que las plagas se multiplican y las nuevas generaciones ya no ven futuro en el café porque casi nunca dan las cuentas.

Pero en algunas zonas sí hay un cambio generacional y una resilencia a todas estas dificultades. Tarrazú (la zona de Los Santos) es una de las regiones que demuestra más empeño en seguir pero con un enfoque en la calidad. Rigoberto es ingeniero y también tiene estudios agropecuarios, su papá Rigoberto (padre) tiene la confianza de poder pasarle a su hijo la batuta de la producción caficultora con un nuevo giro: procesar ellos mismos su café, diversificar, encadenar negocios.

La catarata es conocida entre los habitantes de Dota y más allá. Allí don Rigoberto padre, su esposa y familia regentan un restaurante de buena cuchara. «No se pueden poner todos los huevos en una canasta», recita don Rigoberto. Saben que apostar solamente por el café no puede ser, es necesario diversificar alrededor de los recursos que ofrece el café, apoyarse entre otros del sector.

Estas camas de secado estarán llenas en tiempo de cosecha.

Precisamente, el café que cuidan todo el año para procesarlo se lo llevan a sus amigos del microbeneficio Los Eucaliptos del Cedral, a un par de kilómetros del restaurante y los cafetales boscosos. Allí otra familia amiga -que lleva varios años procesando y exportando su café de alta calidad- le están brindando el apoyo para que el café de los Solís se conozca por su gran sabor.

Conocimos el procesamiento post cosecha del café de los Solís. Ellos trabajan beneficiado «honey» (mieles) y lavado. En el salón de tostado, Jimmy Bonilla nos preparó en chemex, un catuaí rojo en proceso «red honey» (miel roja) de los Solís. Lo tomamos con don Rigoberto, ¡este el privilegio de estar en región caficultora! El café -con fragancia a azúcar moreno y frutos secos- proviene de la finca en la que me agarré de las bandolas y vimos la catarata rugiendo en el fondo.

Para don Rigoberto, no es la primera vez que se enfrentan a la incertidumbre y no es momento de aflojar. Así como muchos otros en la zona, él incluso probó suerte en Norteamérica y trabajó fuertemente por el futuro de su familia, pero su tierra le llamaba para seguir luchando de este lado.

En el 2017 el huracán Nate tocó Costa Rica diezmando cultivos y hogares. Junto a un peñón durmiendo al lado del río, ambos Rigobertos y doña Zaira Calvo nos describen cómo una cabeza de agua generada por la tormenta llenó todos los alrededores del restaurante y de los cafetales; pero las estructuras sobrevivieron, como si la crecida les hubiera indultado.

Rigoberto hijo proyecta trabajar con su familia en más microlotes este año, poder dar a conocer el café en Costa Rica y fuera de ella; y así perpetuar una generación más la vida del café intrínseco en su familia.

Más de 41 mil familias se reportaban como caficultoras en el 2018. Para el 2019 el número registrado es de un poco más de 38 mil. Las razones de la diminución son muchas y dignas de ser tratadas por el sector; mis aplausos y la razón de contarles las historias de los que deciden seguir en la caficultura a pesar de todo y por ellos podemos probar tan deliciosos perfiles de sabor.

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