Con las manos hinchadas, la tierra pegada incluso debajo de sus uñas y con callos por la dureza del trabajo. La espalda duele tanto y el cansancio acumulado ya colmó todas sus capacidades. El cuerpo cae al suelo. El suelo en terrazas dando sustento al café que ella misma siembra. Debajo de la sombra del café sus emociones se derraman, ¿realmente vale la pena lo que está haciendo? Hasta ahora, nadie le ha dado un voto de confianza.
Mientras tanto, el río Jorco suena abajo de las laderas y las montañas que rodean la finca de Lorena, parece que le susurraran seguir adelante. ¿Si en algún momento lo perdiéramos todo y solo nos queda una oportunidad -incierta- para continuar, qué haríamos?

Cedral, Aserrí.

A los citadinos que hemos transitado alguna vez por el cantón de Desamparados (San José) y por el pueblo de Aserrí, nos podría parecer sorprendente que más allá de sus calles alocadas y un tanto agobiantes se hallen tesoros de montaña como el que posee doña Lorena Jiménez.

Su refugio, como ella misma lo denomina, se encuentra en Cedral Arriba de Aserrí. Para llegar allí, su hijo y ella me llevaron desviándose del camino principal y comenzando a internarse por la montaña por un camino de lastre. Subiendo a tal punto, que podíamos ver prácticamente todo el Valle Central: la gente apilada en el afán diario por sobrevivir.

Sobrevivir fue la motivación principal de doña Lorena, asistente de farmacia por muchos años, pero que perdió sus ingresos sin previo aviso. De raíces rurales y con nada de capital para invertir, decidió internarse en la montaña. Tenía en mente cultivar y exportar calas, pero esa idea no resultaba en ese clima.

Así que, luego de pasar un tiempo ayudando a su hermano en la caficultura, se lanzó a la aventura de cultivar ella misma su cafetal en el terreno que su familia le había dejado; una hectárea allá en las entrañas de Aserrí, en donde aparentemente no había nada más que dificultades y carencias.

Su idea de cultivar su propio café no fue bien recibida: sería duro, no tenía dinero, las mujeres no son para cultivar café, le dijeron, no resistiría, no sabía… Pero la tenacidad de Lorena pudo más. Incluso esos días, en que , sin peones o ayuda más que la de su único hijo Christopher, tenía que madrugar y pasar el día en el fragor de la siembra de café.

«Yo soñé con producir mi propio café y llegar a exportarlo, parecía una locura porque no tenía nada, pero lo logré», me cuenta ella con mucho orgullo, «logramos vender y exportar nuestro café por primera vez». Sonríe. Lorena tiene la mirada clara y la fuerza de voluntad le ilumina el rostro siempre que habla de sus sueños de café. «Tenía dos opciones, tirarme al abismo de la desesperanza o levantarme y salir adelante como pudiera».

La cabaña a la que llegamos fue recientemente ampliada. Al inicio, según me contaron Lorena y su hijo, hace unos 3 años era un rancho muy pequeño con apenas lo básico. Poco a poco le han ido añadiendo mejoras: una salita, además de la cocina a leña, una cocina de gas, una habitación más.

Pero en donde se ve más la mano de Lorena es en su cafetal. Tiene un amor por la tierra, sabe que si la trata bien ella le responderá con creces. Su gusto por las flores deja toques de color en toda la finca: dalias, algunas calas producto de su primer proyecto, lirios, verdolagas, la mayoría son escoltas en los caminos del cafetal que nos muestra con orgullo.


Para comenzar, hizo terrazas en la colina y allí cultivó caturra, catuaí rojo y algunos híbridos. No cree en el exceso del uso de agroquímicos; cree más en el poder de la sombra controlada, la chapia en vez de los herbicidas, la armonía con otros cultivos no extensivos que vivan en sinergia con su café. Mientras vamos pasando entre los cafetos, ella revisa sus bandolas, arranca malezas con ojo clínico, voltea las hojas, «este lo tenemos que podar, este va bien», así como he visto tantas veces transitar a los caficultores apasionados por su finca.

Sus plantas son jóvenes y rebosan vida. «Por aquí siembro frijoles y arracache, que se llevan bien con el café», me detalla. Una pequeña empalizada de chayotes, otra de granadilla, son los descansillos entre los cafetales. Han tenido que combatir la roya y la broca que intenta tomar su cafetal, pero los tienen a raya.

Doña Lorena combina algunos cultivos que hagan sinergia con sus cafetos. Arracache, por ejemplo.

Estamos a casi 1800m de altitud y no muy lejos de la finca de Lorena se encuentran cafetales con historia, incluso algunos cuyo café participó en Taza de la Excelencia. Así que, los sueños de esta caficultora no tienen límites. «Imagínese trabajar todo esto y llegar a estar en Taza, yo creo que se puede».

Así que, de ese suelo y agotamiento, Lorena se levantó y le plantó cara a todo lo que llevaba la contraria. Al machismo presente incluso en la comunidad de caficultores, a la incredulidad de sus conocidos, a la falta de recursos no solo para el café, sino para la manutención propia.

Chayotera en medio del cafetal.

Aprendió y mejoró sus prácticas de caficultura, se enfocó en el trato respetuoso de su tierra y el medio ambiente, buscó asesoría, conoció entonces gente que creyó en su proyecto y le dio su apoyo. «Esos ángeles que Dios me mandó», asegura ella, mientras me cuenta cómo una «coincidencia» le ha llevado a encadenar con más personas del mundo del café que creen en el café cultivado por manos femeninas.

Su primera cosecha fue un reto y le presentó varias dificultades, pero ya tiene un plan para mejorar la próxima temporada. De igual forma, pudo sacarla adelante y -con la ayuda de un microbeneficio cercano- procesó por primera vez su café. Sus expectativas son altas a futuro porque las notas de cata resultaron más allá de los 80 puntos. El premio por todo el esfuerzo de 3 años atrás.

La cabaña de Lorena´s Coffee Tour

En su mesa, nos sentamos ella, Christopher y yo. Tomamos los alimentos que no solo preparó ella, sino que sus manos cultivaron allí mismo. Todo me supo a la autenticidad de campo. Y claro, probamos su café. Un taza con notas a azúcar moreno, chocolate y acidez cítrica. Una tormenta se vertía sobre la montaña, pero las vistas desde su cabaña la hacían ver espléndida.

El otro camino que se plantea doña Lorena es el turismo rural. Para mí está claro. Esa mezcla de montaña, café en su origen y la dirección de una mujer, es una experiencia que vale la pena conocer allí mismo. Veo cómo levanta su cabeza, mira hacia los cafetales y confía. Con su confianza incluso inspira a quien conversa con ella: todo el esfuerzo de sus manos está dando frutos lentamente y los retos del futuro, será capaz de superarlos.

«Amen lo que hagan, no se trata solo de la parte económica, sino de poner amor en todo lo que nos proponemos», Lorena Jiménez.

A pesar de que es indudable el aporte de las mujeres en toda la cadena del café y que son esenciales en el primer tramo: en el campo. Todavía existen muchas barreras que ellas tienen que superar. La tenencia de la tierra que cultivan y las ganancias que se reciben por su café, aún se contabiliza en porcentajes muy bajos. Y lo que se logra contabilizar, porque existen muy pocos datos.
De acuerdo con la IWCA (International Women’s Coffee Alliance) y el Foro Internacional del Comercio, en el mundo la participación de la mujer en el campo y en la selección de los granos en verde es del 70% en promedio, pero cuando se habla de mujeres en la etapa de comercialización nacional y en la exportación, el porcentaje desciende a un 10%. En Costa Rica, los datos del 2013 apuntan a que solo el 34% de los caficultores del país son mujeres.

¿Quiere apoyar el proyecto de Lorena Jiménez? Sígala en sus redes sociales y si puede ¡visite su proyecto! Apoyará un café de mujer y a una zona que tiene aún mucho potencial cafetero que despertar:


¿Qué piensas de lo publicado? ¡Espero tus comentarios!

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Translate »
error: Content is protected !!
A %d blogueros les gusta esto: